Así se las ponían a Fernando VII
La obra parte de una comparación entre la galería y la iglesia como espacios de legitimación, poniendo en duda esa idea de “templo” del arte y lo que implica.
En ese contexto, construye una escena con una alfombra roja y bolas de billar que remite al ambiente de ferias y galerías, donde el glamour, la expectación y la presencia de figuras “importantes” convierten el arte en espectáculo. A través de ese juego de precisión y cálculo, la pieza señala un sistema donde la apariencia y la ostentación terminan imponiéndose, como si todo funcionara dentro de un universo perfectamente armado.